
Ahora volvamos a los avatares de la vida de mi padre.

Ahora volvamos a los avatares de la vida de mi padre.
El Pleno de la Cámara vasca ha rechazado esta tarde una iniciativa promovida por Aralar para que el Gobierno español pida perdón al pueblo de Guernica por el bombardeo ejecutado en abril de 1937 por la aviación nazi a las órdenes de Franco. PP, PSE y UPyD se han opuesto a esta exigencia -apoyada por PNV y EB- al considerar que el Gobierno democrático de España no es heredero de quienes ordenaron abrir fuego contra la población civil de la localidad vizcaína.
es, fundamentalmente, la historia de la Evangelización de un pueblo que vive en constante gestación, nace y se inserta en la existencia secular de las naciones. La Iglesia, al encarnarse, contribuye vitalmente al nacimiento de las nacionalidades y les imprime profundamente un carácter peculiar. La Evangelización está en los orígenes de esta Nuevo Mundo que es América Latina. La Iglesia se hace presente en lkas raíces y en la actualidad del continenbte. Quiere servir dentro del marco de la realización de su misión propia, al mejor porvenir de los pueblos latinoamericanos, a su liberación y crecimiento en todas las dimensiones de la vida. Ya Medellín recordaba las palabras de Pablo VI sobre la vocación de América Latina a "aunar en una síntesis nueva y genial lo antiguo y lo moderno, lo espiritual y lo temporal, lo que otros nos entregaron y nuestra propia originalidad"
tomado del Documento de Puebla.
Capítulo I:
VISIÓN HISTÓRICA DE LA REALIDAD LATINOAMERICANA
Los grandes momentos de la Evangelización en América Latina
La generación de pueblos y culturas es siempre dramática; envuelta en luces y sombras. La Evangelización, como tarea humana, está sometida a las vicisitudes históricas, pero siempre busca transfigurarlas con el fuego del Espíritu en el camino de Cristo, centro y sentido de la historia universal, de todos y cada uno de los hombres. Acicateada por las contradicciones y desgarramientos de aquellos tiempos fundadores y en medio de un gigantesco proceso de dominaciones y culturas, aún no concluido, la Evangelización constituyente de la América Latina es uno de los capítulos relevantes de la historia de la Iglesia. Frente a dificultades tan enormes como inéditas, respondió con una capacidad creadora cuyo aliento sostiene viva la religiosidad popular de la mayoría del pueblo.(Ibidem número 6)
"La obra evangelizadora de la Iglesia en América Latina es el resultado del unánime esfuerzo misionero de todo el pueblo de Dios. Ahí están las incontables iniciativas de caridad, asistencia, educación y de modo ejemplar las originales síntesis de Evangelización y promoción humana de las misiones franciscanas, agustinas, dominicas, jesuitas, mercedarias y otras: el sacrificio y la generosidad evangélicas de muchos cristianos, entre los que la mujer, con su abnegación y oración, tuvo un papel esencial; la inventiva en la pedagogía de la fe, la vasta gama de recursos que conjugaban todas las artes, desde la música, el canto y la danza hasta la arquitectura, la pintura y el teatro. Tal capacidad pastoral está ligada a un momento de grande reflexión teológica y a una dinámica intelectual que impulsa universidades, escuelas, diccionarios, gramáticas, catecismos en diversas lenguas indígenas y los más interesantes relatos históricos sobre los orígenes de nuestros pueblos; la extraordinaria proliferación de cofradías y hermandades de laicos que llegan a ser alma y nervio de la vida religiosa de los creyentes y son remota pero fecunda fuente de los actuales movimientos comunitarios en la Iglesia Latinoamericana." /¡(Ibidem número 8-9)
Según este cantante: «Gay se hace, no se nace». Para el poderoso lobby, esta declaración supone una herejía contra el dogma de lo políticamente correcto y, sin embargo, lo que Povia ha dicho está dentro de la más estricta coherencia de acuerdo con la ideología de género y la teoría Queer que constituyen la ideología oficial. Ambas corrientes postulan que la identidad de sexo es producto de una elección y no de la naturaleza, recuerdan aquello de Simone de Beauvoir: «La mujer no nace, se hace». Conviene distinguir entre homosexualidad y gay y lesbiana.
El primero es aquella persona, varón o mujer, que tiene una tendencia sexual en virtud de la cual le gusta y le atraen las personas de su mismo sexo. Se trata de una realidad tan vieja como la humanidad. Lo otro es un concepto político y cultural que surge después del 68 como una consecuencia más de la ideología de género y que irrumpe políticamente con gran fuerza a partir de los fracasos de las administraciones sanitarias contra el sida durante los años 80.
El consejero de Inmigración y Cooperación de la Comunidad de Madrid, Javier Fernández-Lasquetty, y el alcalde de Guadarrama, José Ignacio Fernández Rubio, mantuvieron hoy una reunión de trabajo en el Ayuntamiento de la localidad, en la que han abordado temas relacionados con las políticas de inmigración que llevan a cabo la Comunidad de Madrid y el municipio.
El Gobierno regional, que preside Esperanza Aguirre, destinará este año 30.238 euros a Guadarrama para los programas y proyectos destinados a fomentar la integración y participación de los extranjeros que residen en la localidad.
Desde 2005, el Ejecutivo regional ha aportado un total de 232.431 euros para la integración de los inmigrantes, incluyendo el convenio de 2008. De ellos, 128.554 euros han sido otorgados a través de convenios directos, y 104.000 euros mediante subvenciones a proyectos específicos en los años 2006 y 2007.
Iniciativas de integración para más de 2.000 inmigrantes Las ayudas están destinadas al desarrollo de iniciativas en las áreas de educación, asesoría jurídica, actividades de integración, estudios de la realidad migratoria, y participación, principalmente.
Los programas están dirigidos a los 2.118 extranjeros empadronados en la localidad, provenientes de 45 nacionalidades, entre las que destacan la marroquí, con un 24%; la búlgara, con un 14%; la rumana, con un 8%; y la ecuatoriana, con un 7%.
Tras el encuentro, Fernández-Lasquetty destacó la importancia de apoyar el esfuerzo que llevan a cabo los Ayuntamientos a favor de la integración, así como el compromiso de la Comunidad de Madrid por fomentar la participación y convivencia de los 1.060.606 inmigrantes
distribuidos en los 179 municipios de la Región.
El Ayuntamiento de Guadarrama recibe apoyo del Gobierno regional a través de las subvenciones y los convenios firmados con la Mancomunidad La Maliciosa, de la que forma parte, junto con los municipios de Becerril de la Sierra, Cercedilla, Collado Mediano, Los Molinos, y Navacerrada.
Apoyo educativo, una prioridad para la integración
Las medidas de integración de inmigrantes desarrolladas en Guadarrama con el apoyo del Gobierno regional incluyen, entre otras acciones, programas dirigidos al apoyo y refuerzo escolar como herramientas de integración para los niños y jóvenes extranjeros en la sociedad madrileña.
En 2007, por ejemplo, más de 140 niños participaron de manera permanente en los programas de apoyo socio educativo, y 80 jóvenes asistieron a actividades de sensibilización y participación.
Asimismo, en este y demás municipios de la Mancomunidad La Maliciosa se llevan a cabo cursos de enseñanza del idioma español; talleres de refuerzo educativo; programas dirigidos a las familias para impulsar la integración de los escolares; asesoría jurídica individual y
colectiva; y un estudio sobre la realidad migratoria en la localidad.
16,9 millones de euros para integración a través de entes locales
El Gobierno de la región destina en este ejercicio un total de 16,9 millones de euros para la integración de los inmigrantes que residen en la Comunidad mediante convenios directos con los entes locales; los últimos datos del censo, indican que en nuestra región viven un total de 1.060.606 extranjeros, siendo la población rumana la más numerosa, seguida de la
ecuatoriana.
La Comunidad de Madrid, a través de la Consejería de Inmigración y Cooperación, realiza la distribución de los fondos bajo un criterio de reparto proporcional directo al número de extranjeros empadronados en cada municipio, teniendo en cuenta los datos entregados a esta
Consejería por cada uno de los municipios de la Comunidad de Madrid 1 de enero de 2008.
Además, el Gobierno regional destina 1,7 millones de euros para subvencionar proyectos de acogida e integración a través de convocatorias. Los acuerdos se enmarcan en el Plan de Integración 2006- 2008, que cuentan en 2008, con 1.647 millones de euros.
1.- DAR A DIOS EL FRUTO QUE LE CORRESPONDE
Por Gabriel González del Estal
1.- Por tercer domingo consecutivo Jesús nos habla de su viña, de la viña que el Padre plantó. Cuando Jesús hablaba de su viña a los sacerdotes y senadores del pueblo, se refería evidentemente al pueblo de Israel: la viña del Señor de los Ejércitos es la casa de Israel, nos dice el profeta Isaías en la primera lectura. Y en el texto evangélico se nos dice que el pueblo de Israel, agarrando a los criados (los profetas) enviados por el Señor para percibir los frutos que correspondían al dueño de la viña, a uno le apalearon, mataron a otro y a otro le apedrearon; mataron, incluso, al heredero, (Jesús de Nazaret), para quedarse con su herencia. La interpretación histórica de esta parábola es muy clara, pero yo creo que, ahora, nosotros los cristianos, debemos aplicar la parábola de la viña a cada uno de nosotros y a su Iglesia, porque realmente Dios quiere que cada uno de nosotros y su Iglesia seamos viña del Señor. El Señor, a través de nuestros padres, educadores o por cualquier otro medio, ha plantado en nosotros la semilla de la fe, de la esperanza y de la caridad cristiana. El Señor nos labra y nos cultiva todos los días con la inspiración amorosa del Espíritu Santo que habita en nosotros. Por eso, la pregunta que deberemos hacernos nosotros todos los días es: la semilla buena que Dios ha plantado en mí, ¿está dando los frutos que corresponden al dueño de mi viña? Dios quiere que su viña sea su Reino, un reino de amor, de justicia, de verdad y de paz. ¿Soy yo, con mi vida, constructor del Reino de Dios? Mi vida está gobernada por el amor, por la lucha contra la injusticia, por la defensa de la verdad ¿O también nosotros, los cristianos, hemos desechado de nuestras vidas a la piedra angular, a Cristo Jesús y a su evangelio? Y la Iglesia de la que cada uno de nosotros formamos parte, ¿vive de acuerdo con los verdaderos valores del evangelio de Jesús de Nazaret?
2.- Esperó de ellos derecho, y ahí tenéis: asesinatos; esperó justicia, y ahí tenéis: lamentos. El texto del profeta Isaías que leemos hoy en la primera lectura es un texto literariamente muy bello y es, además, de una gran profundidad religiosa. Es verdaderamente un canto de amor a la viña, una verdadera declaración de amor que le hace el dueño a su viña. También está claro que es un canto de amor desesperado y desilusionado. El pueblo de Israel no ha sabido corresponder al inmenso y apasionado amor que el Señor le dio. Esperaba que diera uvas y dio agrazones. Si seguimos trasladando el texto hasta nuestros tiempos y si seguimos aplicándolo a cada uno de nosotros y a nuestra querida Iglesia, ¿qué nos diría hoy el Señor a cada uno de nosotros, qué diría a la Iglesia que él con tanto amor plantó? ¿Sería también un canto de amor desesperado? ¿Sería un canto de amor correspondido? Que cada uno de nosotros dé su respuesta.
3.- Todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable; todo lo que es virtud o mérito, tenedlo en cuenta. San Pablo se atreve a ponerse de modelo a los primeros cristianos de Filipos, seguro de que si le imitan a él estarán imitando al único y verdadero Maestro, Cristo Jesús. Por eso se atreve a pedirles que pongan por obra todo lo que aprendieron y vieron de él y en él. Trasladando también este texto, históricamente, hasta nuestros días, debemos preguntarnos: los cristianos de este siglo XXI, ¿podemos ponernos como modelos de comportamiento y de vida a nuestros conciudadanos? ¿Defendemos siempre todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable y laudable, virtud o mérito? ¿Somos realmente en nuestro mundo fermento de conversión cristiana, es decir, de justicia, de verdad, de amor y de paz? ¿Podrán vernos los demás, a cada uno de nosotros y a la Iglesia Católica, como la verdadera parcela, la verdadera viña del Señor? Yo creo que si sabemos meditar, con sinceridad y valentía, los textos de este domingo, ya tenemos suficiente materia de reflexión para todo el día
Un pueblo que produzca sus frutos
Cuando el año setenta las tropas romanas destruyeron Jerusalén y el pueblo judío desapareció como nación, los cristianos hicieron una lectura terrible de este trágico hecho. Israel, aquel pueblo tan querido por Dios, no ha sabido responder a sus llamadas. Sus dirigentes religiosos han ido matando a los profetas enviados por él; han crucificado, por último, a su propio Hijo. Ahora, Dios los abandona y permite su destrucción: Israel será sustituido por la Iglesia cristiana.
Así leían los primeros cristianos la parábola de los «viñadores homicidas», dirigida por Jesús a los sumos sacerdotes de Israel. Los labradores encargados de cuidar la «viña del Señor» van matando uno tras otro a los criados que él les envía para recoger los frutos. Por último, matan también al hijo del propietario con la intención de suprimir al heredero y quedarse con la viña. El señor no puede hacer otra cosa que darles muerte y entregar su viña a otros labradores más fieles.
Esta parábola no fue recogida por los evangelistas para alimentar el orgullo de la Iglesia, nuevo Israel, frente al pueblo judío derrotado por Roma y dispersado por todo el mundo. La preocupación era otra: ¿Le puede suceder a la Iglesia cristiana lo mismo que le sucedió al antiguo Israel? ¿Puede defraudar las expectativas de Dios? Y si la Iglesia no produce el fruto que él espera, ¿qué caminos seguirá Dios para llevar a cabo sus planes de salvación?
El peligro siempre es el mismo. Israel se sentía seguro: tenían las Escrituras Sagradas; poseían el Templo; se celebraba escrupulosamente el culto; se predicaba la Ley; se defendían las instituciones. No parecía necesitarse nada nuevo. Bastaba conservarlo todo en orden. Es lo más peligroso que le puede suceder a una religión: que se ahogue la voz de los profetas y que los sacerdotes, sintiéndose los dueños de la «viña del señor», quieran administrarla como propiedad suya.
Es también nuestro peligro. Pensar que la fidelidad de la Iglesia está garantizada por pertenecer a la Nueva Alianza. Sentirnos seguros por tener a Cristo en propiedad. Sin embargo, Dios no es propiedad de nadie. Su viña le pertenece sólo a él. Y si la Iglesia no produce los frutos que él espera, Dios seguirá abriendo nuevos caminos de salvación.
No son pocos los que piensan que algo ha sucedido en la vida interior y espiritual del hombre occidental. Algo que impide a muchas personas construir gozosa y dignamente su vida.
Hay quienes sencillamente no aciertan a construirse a sí mismos. Quedan mutilados. Sin desarrollar las energías y posibilidades que en ellos se encierran.
Otros construyen solamente su mundo exterior. Pero por dentro están inmensamente vacíos. Son personas que apenas dan ni reciben nada. Simplemente se mueven y giran por la vida.
Otros construyen su identidad de manera falsa. Desarrollan un «yo» fuerte y poderoso, pero inauténtico. Ellos mismos saben secretamente que su vida es apariencia y ficción.
Hay también quienes construyen su persona de manera parcial e incompleta. Atentos sólo a un aspecto de su vida, descuidan dimensiones importantes de la existencia. Pueden ser buenos profesionales, personas cultas y dinámicas que, sin embargo, fracasan como seres humanos ante sí mismos y ante las personas que quieren.
Sin duda, son muy complejos los factores de todo orden que generan este clima inhóspito y difícil para el crecimiento del ser humano. Hemos destruido ligeramente creencias donde se enraizaban el ser de muchas personas. La familia ha dejado de ser «hogar» para no pocos. El contacto personal y la relación cálida y amistosa se ha hecho difícil. La vida interior de muchos está sofocada y reprimida. No es fácil así creer y construirse.
Muchas personas se sienten desguarnecidas y sin defensa ante los ataques que sufren desde fuera y desde dentro de su ser. Necesitarían esa «fuente de luz y de vida» que, a juicio del célebre psiquiatra Ronald Laing, ha perdido el hombre contemporáneo.
No parece, por ello, ninguna necedad escuchar el mensaje de Jesucristo que se ofrece como «piedra angular» para todo hombre que quiera construirse de manera digna. Era costumbre entre los maestros de obra judíos seleccionar bien cada una de las piedras destinadas a la construcción de un edificio. Aplicándose a sí mismo un viejo salmo judío, Jesús pronuncia estas palabras: «La piedra que desecharon los arquitectos es ahora piedra angular.»
Los arquitectos de la sociedad contemporánea desechan hoy la fe como algo perfectamente inútil. ¿No será, sin embargo, ésa precisamente «la piedra angular» que podría fundamentar y rematar la construcción del hombre contemporáneo?
La parábola de los «viñadores homicidas» es, sin duda, la más dura que Jesús pronunció contra los dirigentes religiosos de su pueblo. No es fácil remontarse hasta el relato original que pudo salir de sus labios, pero probablemente no era muy diferente del que podemos leer hoy en la tradición evangélica.
Los protagonistas de mayor relieve son, sin duda, los labradores encargados de trabajar la viña. Su actuación es siniestra. No se parecen en absoluto al dueño que cuida la viña con solicitud y amor para que no carezca de nada.
No aceptan al único señor al que pertenece la viña. Quieren ser ellos los únicos dueños. Uno tras otro, van eliminando a los siervos que él les envía con paciencia increíble. No respetan ni a su hijo. Cuando llega, lo «echan fuera de la viña» y lo matan. Su única obsesión es «quedarse con la herencia».
¿Qué puede hacer el dueño? Terminar con estos viñadores y entregar su viña a otros «que le entreguen los frutos». La conclusión de Jesús trágica: «Yo os aseguro que a vosotros se os quitará el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos».
A partir de la destrucción de Jerusalén el año setenta, la parábola fue leída como una confirmación de que la Iglesia había tomado el relevo de Israel, pero nunca fue interpretada como si en el «nuevo Israel» estuviera garantizada la fidelidad al dueño de la viña. Jesús no dice que la viña será entregada a la Iglesia o a una nueva institución, sino a «un pueblo que produzca frutos».
El reino de Dios no es de la Iglesia. No pertenece a la Jerarquía. No es propiedad de estos teólogos o de aquellos. Nadie se ha de sentir propietario de su verdad ni de su espíritu. El reino de Dios está en «el pueblo que produce sus frutos» de justicia, compasión y defensa de los últimos.
La mayor tragedia que puede sucederle al cristianismo de hoy y de siempre es que mate la voz de los profetas, que los sacerdotes se sientan dueños de la «viña del Señor» y que, entre todos, echemos al Hijo «fuera», ahogando su Espíritu. Si la Iglesia no responde a las esperanzas que ha puesto en ella su Señor, Dios abrirá nuevos caminos de salvación en pueblos que produzcan frutos.
A un pueblo que produzca sus frutos.
No es una visión simple la de aquellos que consideran «la propiedad privada, el lucro y el poder» como los pilares en los que se basa la sociedad industrial occidental.
Si analizamos las constantes que estructuran nuestra conducta social veremos que hunden sus raíces casi siempre en el deseo ilimitado de adquirir, lucrar y dominar.
Naturalmente, los frutos amargos de esta conducta son evidentes en nuestros días.
El afán de poseer va configurando normalmente un estilo de hombre insolidario, preocupado casi exclusivamente de sus bienes, indiferente al bien común de la sociedad. No olvidemos que si a la propiedad se la llama privada es precisamente porque se considera al propietario con poder para privar a los demás de su uso o disfrute.
El resultado es una sociedad estructurada en función de los intereses de los más poderosos, y no al servicio de los más necesitados y más «privados» de bienestar.
Por otra parte, el deseo ilimitado de adquirir, conservar y aumentar los propios bienes, va creando un hombre que lucha egoístamente por lo suyo y se organiza para defenderse de los demás.
Va surgiendo así una sociedad que separa y enfrenta a los individuos empujándolos hacia la rivalidad y la competencia, y no hacia la solidaridad y el mutuo servicio.
En fin, el deseo de poder hace surgir una sociedad asentada sobre la agresividad y la violencia, y donde, con frecuencia, sólo cuenta la ley del más fuerte y poderoso.
No lo olvidemos. En una sociedad se recogen los frutos que se van sembrando en nuestras familias, nuestros centros docentes, nuestras instituciones políticas, nuestras estructuras sociales y nuestras comunidades religiosas.
Eric Fromm se preguntaba con razón: «¿Es cristiano el mundo occidental?». A juzgar por los frutos, la respuesta sería básicamente negativa.
Nuestra sociedad occidental apenas produce «frutos del reino de Dios»: solidaridad, fraternidad, mutuo servicio, justicia a los más desfavorecidos, perdón.
Hoy seguimos escuchando el grito de alerta de Jesús: «El reino de Dios se dará a un pueblo que produzca sus frutos». No es el momento de lamentarse estérilmente. La creación de una sociedad nueva sólo es posible si los estímulos de lucro, poder y dominio son sustituidos por los de la solidaridad y la fraternidad.
¿Qué hay que hacer en la vida para acertar? No es fácil responder, pero sin duda es una pregunta vital. ¿Cómo hemos de vivir para que se pueda decir que nuestra vida es un acierto? Nos podemos equivocar en muchas cosas, pero, ¿no habrá algo en que hemos de acertar?
Se suele decir que para llenar una vida es necesario tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro. Sin embargo, yo conozco a personas que no han hecho ninguna de estas tres cosas y cuya vida me parece un acierto. Y conozco también a personas que han tenido hijos y han escrito libros y cuya vida no parece muy acertada.
Sin duda, hay mucha sabiduría popular en ese dicho, pues, en definitiva, cuando se habla de tener un hijo, plantar un árbol o escribir un libro, se está apuntando a algo fundamental. En la vida se acierta cuando se vive un amor fecundo, capaz de engendrar vida o hacer vivir a los demás. Sólo este amor justifica y llena una vida.
De ahí la dura amenaza que se escucha en el trasfondo de esa parábola de los viñadores que, lejos de entregar los frutos de su trabajo, dan muerte al hijo del dueño. Se les quitará todo para dárselo a otros labradores que «entreguen los frutos a su tiempo». Hay muchas formas de «perder la vida». Basta dedicarse a hacer cada vez más cosas en menos tiempo, creyendo que por el hecho de «hacer cosas» se vive más. Es una equivocación. Por muchas cosas que uno haga, si vive sin amar y sin poner vida en las personas y en el entorno, estará vaciando su vida de su contenido más precioso.
Corre por ahí una reflexión de Luis Espinal, sacerdote jesuita, asesinado en 1980 en Bolivia. Dice así: «Pasan los años y, al mirar atrás, vemos que nuestra vida ha sido estéril. No la hemos pasado haciendo el bien. No hemos mejorado el mundo que nos legaron. No vamos a dejar huella. Hemos sido prudentes y nos hemos cuidado. Pero, ¿para qué? Nuestro único ideal no puede ser llegar a viejos. Estamos ahorrando la vida, por egoísmo, por cobardía. Sería terrible malgastar ese tesoro de amor que Dios nos ha dado.»
Recuerdo que, al morir Juan XXIII, aquel Papa bueno que introdujo en la iglesia y en el mundo un aire nuevo de esperanza, de bondad y de convivencia pacífica, el cardenal Suenens pudo decir que «dejaba el mundo más habitable que cuando él llegó». De Jesús quedó este recuerdo: «Pasó toda la vida haciendo el bien.» A alguno le parecerá tal vez poco. Para el cristiano es el mejor criterio para vivir con acierto
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